La campanilla sobre el dintel de
la puerta tintineó cuando el muchacho entró. Se paró en la puerta, sobre la
alfombrilla en la que se raspó las suelas de las botas, se sacudió las gotas de
lluvia de su chaqueta de cuero y se revolvió el cabello. Avanzó unos pasos,
saludando al camarero y a los dos rollizos hombres del final de la barra, y se
sentó en el taburete más próximo.
- ¡Buenos días, joven!
- Por decir algo...
El camarero rio. Miguel hizo
cuanto pudo por corresponder al hombrecillo. Es terrible tener que fingir con
una amplia sonrisa que no pasa nada cuando sabes que en realidad todo está
perdido.
- ¿Un cafecito?
- Sí, por favor.
La máquina emitió el sonido
característico. El joven giró su cabeza hacia el ventanal que daba a la calle
mientras que el menudo camarero le preparaba la taza de café que casi todas las
mañanas tomaba allí. Le puso el café frente a él y el chico pagó sin mediar palabra.
Solía tener la costumbre de pagar siempre por adelantado. El joven lo hacía
todo por adelantado para luego no tener que preocuparse de nada. Todo estaba en
silencio en el local, sólo el débil y amortiguado sonido del tráfico se
filtraba desde la calle a través del cristal de la ventana. Los dos hombres del
fondo de la barra tomaban el desayuno en silencio y el camarero leía el
periódico. Parecía un velatorio. La madera y los colores cálidos del local
contrastaban enormemente con las nubes azul grisáceas cargadas de lluvia de la
calle. Miguel miró hacia afuera según removía el azúcar con la cucharilla en su
café y observaba a los apresurados peatones que corrían en sus quehaceres
diarios, los mismos que muchos otros días había visto también. Los mismos que
repetían su tarea monótonamente día tras día, y se encontraban a la misma hora,
haciendo de la vida más aburrida. Las fachadas húmedas y grises de los
edificios se erguían hacia el cielo, más allá de su rango de visión. Las
ciudades son un símbolo de modernidad, pero son algo antinatural. Los seres
humanos no podemos cambiar miles de años de evolución adaptados al medio rural
y de repente encerrarnos en muros de acero y hormigón, rodeados de más muros
iguales y de máquinas estruendosas. Quizá es por ello por lo que siempre y
cuando podamos deseamos desconectar de ese mundo urbano para darnos un garbeo
por el bosque y el campo que tanto añoramos y anhelamos en nuestro ser más
interno. Es por ello también por lo que seguramente, sea tan cara una casa baja
en el campo, porque es un lujo en los días de tecnologías avanzadas, objetos
prefabricados y globalización. El asfalto mojado, con charcos, reflejaban las
luces de las farolas, los semáforos y vehículos. Todo tenía una imagen tan fría
y melancólica, como su alma en ese mismo momento. Se vió a sí mismo reflejado
en el cristal, y miraba atentamente las gotas de lluvia que formaban hilillos
que resbalaban por el ventanal y que se superponían a su reflejo translúcido.
Se le antojó que no era más que un fantasma, el recuerdo de lo que había sido
antaño, y que esas gotas de lluvia eran las amargas lágrimas que caían por su
rostro. ¿Quién era él? No era nadie... quizás lo fue, pero ahora no era nadie.
Habían sucedido tantas cosas en tan poco tiempo, que para un alma sensible como
la suya, estaban siendo arrolladoras. Más de lo que podría aguantar cuerdo. Y
sí, era un chico sensible. A pesar de su cuarto de siglo de vida, en muchas
ocasiones, seguía llorando como un niño, se había conmovido con un precioso
amanecer o había sido estremecido por una bella danza sin necesidad de ver en
ella nada sexual. Era un chico con sentimientos, en una sociedad falta de
ellos. Algo extraordinariamente peligroso para alguien como él. Se llevó la
taza de café a los labios y sorbió un poco. Se quemó. Lo dejó enfriar sobre la
mesa mientras continuaba dándole vueltas con la cucharilla y continuaba
divagando en silencio, contemplando la fría calle. Aquella mañana de noviembre
se había levantado especialmente triste y melancólico. Dejó soltar un suspiro.
Su apariencia también era opaca y negra. El pelo, ensortijado, negro como el
azabache. De piel morena, rostro delgado y facciones marcadas. Sus cejas
sombreaban unos ojos hundidos y de color marrón oscuro. Parecían dos cuencas
negras que daban paso a los abismos de su alma. Una prominente nariz aguileña
coronaba a unos labios finos y delgados. Los pómulos y la barbilla
pronunciados. El cuello tan delgado que su tráquea y nuez se notaban
exageradamente. Parecía que el muchacho se hubiera tragado uno de esos tubos de
plástico que se usan para envolver los cables eléctricos. De siempre había sido
delgado, pero últimamente se estaba consumiendo a ritmo alarmante, y los mareos
y migrañas estaban presentes casi todos los días por la debilidad y el comedero
de cabeza. Se pasó la palma de la mano por el dorso de la cara y sintió en la
marcada mandíbula el áspero y duro tacto de la barba que le raspaba la piel.
Parecía papel de lija. Cada día le fallaban más las fuerzas para seguir
adelante. Le costaba hasta afeitarse. Había días que ni se molestaba en hacer
la cama, total, en unas horas la volvería a deshacer. Lo exterior es el reflejo
del interior. Cuando ves que lo has dado todo por la gente que quieres y que no
ha servido de nada ¿qué queda esperar? Sus ropas, siempre negras, eran las
mismas usadas el día anterior. Miguel solía vestir de colores oscuros. Incluso
en verano, era raro verle vestido con colores claros, y eso que el calor que
hace en la capital es considerable. Era un chico reservado pero amable. Otro
sorbo de su taza de café, ahora ya estaba más templado. No debería haber tomado
ese café, ya que según estaba, podría darle una subida de azúcar, o la tensión
podría acarrearle algún problema. Pero le daba igual. Lo necesitaba, era más un
bálsamo para el alma que necesidad real de tomar un café. En aquel bar había
pasado buenos ratos de su vida, había meditado bastante allí y significaba
mucho para él. Necesitaba estar en algún lugar en el que se sintiera a gusto.
Aunque aquella mañana el ambiente allí dentro estaba tan solemne como en su
corazón, y aquello le deprimía aún más. Las nubes estaban adquiriendo un tono
más claro, por lo que el sol debía estar saliendo ya. El camarero, de carácter
siempre alegre, cerró el periódico y encendió el televisor para animar un poco
el ambiente. Estaban emitiendo una reposición de un concurso televisivo.
Decidió dejarlo ahí, ya que los telediarios sólo traían noticias malas para
empezar el día. Miguel miró la pantalla con cierto resquemor y asqueado ante lo
que veía mientras bebía su café. La gente sonriendo, muy feliz, la productora
repartiendo dinero así como así y todo muy bonito mientras que en la calle hay
gente que no tiene ni para comer y está pasando dificultades para llegar a fin
de mes. Quizás no se sentiría tan dolido por ello de no ser porque ahora él
estaba en esa situación de escasez económica. Lo cierto es que no estaba mal,
pero tampoco podría permitirse demasiados caprichos. Incluso había dejado de
fumar a la fuerza ya que, como le dijo a su ex compañero de piso Raúl, fumar
hoy en día es cosa de ricos. Ahora ahorraría algo más y estaría más sano.
Alguien que vive en Chamberí no puede decirse que pase mucha hambre. Todo lo
contrario que mucha otra gente que está en las calles sin absolutamente nada. A
Miguel le enrabietaba esa estúpida ley que querían aprobar para penalizar con
multa de 700 € a quien pillaran rebuscando en los contenedores de la basura
algo que llevarse a la boca. ¿No comprenderán que si esa gente está buscando
comida entre la basura es porque no tienen dinero con la que pagarla? En la
tele los concursantes se llevaban cientos de euros por acertar a unas preguntas
mientras querían robarles el dinero a los pobres. ¡Qué frivolidad! No sabía si
era él o los demás, pero cada día entendía menos la sociedad. Luego no era de
extrañar que la gente robara en supermercados para poder comer. Total, seguro
que les caía menos condena cogiendo los alimentos directamente del súper que de
los cubos. No podía comprender cómo le dan más importancia a cosas banales en
vez de cosas realmente importantes como las relaciones personales o el funcionamiento
de la sociedad. Se apresuró a tomar el café rápidamente, se despidió y salió.
- ¡Hola!
Miguel fue sobresaltado y sacado
de golpe de sus pensamientos por una mano que le tomó del hombro y un saludo
agudo al lado de su oído. Al girarse vio a una muchacha pelirroja.
- ¡Oh! ¿Qué tal, preciosa?
Le dio dos besos y la sonrió.
- Genial, ¿qué haces por aquí tan
temprano, locuelo?
- Ya ves, salí a dar una vuelta.
¿Vas a la consulta?
- Sí. Voy un poco pillada de
hora, pero bueno. ¿Cómo lo llevas?
- Bueno... -Miguel se dio la
vuelta y echó a caminar lentamente de nuevo mientras ella lo seguía y
observaba atenta a su reacción.- Digamos que voy sobreviviendo.
- Oinsh... ven aquí campeón.
La chica le dio un fuerte abrazo
mientras echaba el bolso hacia su espalda y presionando la enorme carpeta
contra su pecho. Retomaron la lenta caminata.
- Gracias, Esther. Te quiero.
- De gracias nada, bobo. Sabes
que estoy para lo que quieras. ¿Quieres hablar de ello conmigo después?
- No creo que haga falta,
gracias, estoy bien.
- ¿Seguro?
- Sí.
- No lo estás. ¿Por qué no lo
escribes? Como con lo de Clara.
- Aquello me reabrió heridas...
- Pero lo superaste más rápido.
Tienes un momento de sufrimiento y luego relax. Con esto lo mismo.
- No sé... me cuesta, aún está
muy en caliente todo.
- Mejor ahora que lo sientes más
intensamente. Puedes hacerlo y luego me lo pasas, yo te aconsejaré. Además, si
estabas buscando una historia que contar, ahí tienes una.
- Me lo pensaré, lo intentaré.
-Sonrió forzadamente.- La verdad es que con la historia de Clara, me gané un
dinerito.
- ¿La publicaste?
Miguel asintió con una sonrisa.
- Bueno, luego cuando salga si
quieres podemos quedar para tomar algo, y así me cuentas... me pones al día de
tus locuras. ¡O mejor aún! Arréglate que nos vamos a cenar, yo invito.
- ¡Claro! Siempre me tendrás a tu
disposición.
- ¿Sí? Pues ya sabes, haz lo que
te he dicho, escribe, y si esta tarde tienes algo escrito me lo traes y te
comento.
- A ver si hago algo.
- Miki, no puedes estar así... de
verdad. Hazlo por mí, anda.
Miguel miró al suelo, la miró a
ella, tragó saliva y asintió.
- Te lo prometo.
Esther miró su reloj y le dijo
apresuradamente:
- Bueno, cielo, te dejo. Se me
hace tarde. -Le dio dos besos de despedida- Haz lo que te he dicho y me lo
pasas.
- Lo haré. ¡Chao!
Esther salió casi corriendo.
Miguel se quedó mirando cómo se alejaba. Le pareció que estaba realmente guapa
aquella mañana. Parecía sacada de una película con ambientación neoyorquina.
Tocada con el gorrito de lana caído hacia un lado, dejaba caer una cascada de
hebras cobrizas onduladas que no era más que el cabello de la chica y que
resaltaba enormemente con los ojos verde esmeralda. La bufanda roja y el abrigo
negro, aterciopelado y unos vaqueros azules que se ocultaban bajo las negras
botas de piel. Era una chica que siempre vestía bien, incluso cuando iba
informal. Tenía un par de años más que él y acababa de sacarse la carrera de
psicología. Ella le había ayudado, y seguía haciéndolo, con cada problema que
había tenido y como amiga le proporcionaba citas gratuitas
"extraoficiales" fuera del horario de trabajo. Esther le dijo que
escribir le vendría bien, escribir curativa y creativamente para suavizar el
dolor afligido por algún problema y, una vez exteriorizado, podría comprender
mejor los hechos que le perturban y encontraría más fácilmente una solución.
Era sano y a muchos de sus pacientes también se lo había recomendado. Resulta
muy fácil mirar hacia fuera y detectar los problemas ajenos, pero es tan
difícil hacerlo a la inversa, mirarse hacia dentro y saber qué le pasa a uno
sin perder el norte. Quizás por eso Esther le hubiera recomendado que
escribiera sus problemas, al exteriorizarlos, te distanciabas y podías verlo
todo mucho más claro. Es como cuando observas en un museo una gran pintura de cualquiera
de los grandes genios, para apreciarla en todo su esplendor hay que mirar el
conjunto desde la distancia. Pero si hacía lo que le pedía Esther, ¿por dónde
empezaría? Había tanto y tanto que contar. Lo de Clara, aunque eso ya estaba
más pasado, el divorcio de sus padres, su hermana y su compañero de piso, el
tema de trabajo y la vivienda... El sol ya había salido dado por la luminosidad
de las nubes, pero el frío era igual de intenso.
Regresó a casa. Aquella en la que
creció y la que había estado ocupada por su madre y su hermana hasta hace
escasos meses. El 1º B del nº 22. La visión de cada ventana, cada
balcón, cada objeto vibraba en su interior como notas musicales en una guitarra
de una olvidada y añeja melodía. Le hacían temblar de emoción. Se sentía
asustado. ¿Qué será de su vida a partir de ahora? ¿A dónde iría? ¿Qué haría? No
hay mayor terror ni suspense que el no conocer el futuro en un mundo incierto.
Y viéndose de nuevo reflejado en el portal ¿Quién era? Volvía a replantearse
cómo había cambiado todo en tan poco tiempo y necesitaba volver a encontrarse a
sí mismo. El mayor miedo que se puede tener es el de la pérdida de la cordura,
la pérdida de la identidad y del control sobre uno mismo. Hay factores en esta
vida que no están sujetos a las acciones de uno mismo y estamos a su merced. No
controlamos todo nuestro entorno ni nuestro destino aunque así lo
pretendamos... No tenemos absoluto control sobre nuestras insignificantes y
frágiles vidas. Eso asusta. Ojeó la fachada y la terraza.
-Buenos días, señor.
Aquello le sacó de su trance. El
portero de la mañana, con amplia sonrisa, le abría la puerta y dejaba espacio
para que pasara.
- ¡Oh! Buenos días, José.
Se puede adquirir la novela en: http://www.librosmablaz.com/index.php?page=prod_desc&pid=99365
También podéis poneros en contacto conmigo directamente a través de Twitter: https://twitter.com/PuYouTu
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