jueves, 2 de junio de 2016

Escena eliminada de Cicatrices #3

El frío comenzaba a arropar el bosque. El sol se ocultaba mientras teñía de rojo sangre las nubes. Parecía que el cielo se hubiera incendiado con las llamas del infierno. El silencio era sepulcral. Y el frío aumentaba. La noche caía, y la ropa pegajosa por el sudor, la sangre y el vómito comenzaba a emitir un olor agrio y desagradable. Y el joven seguía tan perdido como antes. Deambulando sin fuerzas por el bosque, sin rumbo ni dirección. Sin saber cómo llegó hasta allí, perdido en la nada con un loco asesino suelto que le buscaba y que, con total probabilidad, se conociera aquellos parajes mejor que él. Y el cuerpo del coche, esa asquerosa imagen que no se le borrará de la cabeza. Era increíble como la carne humana no se distinguía de la carne que se compra en los supermercados. Después de aquella visión, si sobrevivía a todo aquello, se haría vegetariano. Sólo el recordarlo le hacía sentir náuseas de nuevo. La violencia de las mutilaciones, la carne desperdigada, la desfiguración total del rostro y los trozos que faltaban. Dios sabe qué hicieron con lo que faltaba. El llanto comenzó al recordarlo. A lo lejos escuchó entonces un motor. Un sonido de vehículo que se acercaba. ¿Sería el asesino que haya tirado el cuerpo y tomado el coche? El automóvil, a gran velocidad, se fue acercando cada vez más y más. Él no sabía qué hacer. Pararlo y pedir ayuda o huir. Decidió esconderse. Finalmente, el vehículo hizo su aparición al final del camino y se aproximaba a gran velocidad, casi que derrapando al tomar la curva sobre la grava y arena del camino. El chico vió que no era el mismo coche que el que había visto atrás y además este provenía de dirección contraria a la que había dejado el otro. Tambaleante, salió de su escondite y alzó los brazos para llamar su atención. Sus piernas le flaqueaban y se movía casi perdiendo el equilibrio, como un borracho. Su debilidad y extenuación hizo que le costara levantar los brazos incluso. Los faros iluminaron sus temblorosas piernas y sus ropas mugrientas de sangre y vómito. El muchacho se puso en mitad del camino pero el coche no aminoró. De hecho, pareció acelerar. Trató de esquivarlo saltando a un lado pero ya era demasiado tarde y fue lanzado por encima del capó y el techo del coche. Con un gran crujido, cayó con fuerza sobre la tierra y, quedando a oscuras y solo con un terrible dolor, aulló hasta casi destrozarse las cuerdas vocales. La angustia era insoportable. Sus piernas le ardían, un dolor punzante le subía por la columna. Al retorcerse de dolor, éste se intensificó. A pesar del frío, comenzó a sudar copiosamente y tanteó en la oscuridad sus piernas. Se clavó algo en los dedos al tiempo que el dolor le dio otra punzada. Iba a vomitar de nuevo y a desmayarse. El sudor le empapaba. El hueso de la pierna había pinchado el dedo del joven al estar completamente partida en dos y sólo unida por la piel. El hueso, al partirse, se abrió paso entre los músculos y tejidos con su filo hasta salir por la piel.

La mujer, casi en estado de histeria, lloraba desconsolada mientras sujetaba el volante y pisaba el acelerador. Por un momento parecía reír entre sus lágrimas, pero enseguida sus carcajadas se transformaban gritos de angustia y terror. La niña se despertó asustada en el asiento de atrás.
- Mami, ¿Qué ha sido ese ruido?
- Nada, cariño, nada -trató de disimular su estado-. Vuelve a dormirte, cariño.
- ¿Qué te pasa, mami?
- Nada. Todo está bien, todo está bien.
- ¿Qué te pasa?
- ¡Nada!
- ¿Por qué estás llorando, mami?
- ¡No pasa nada, cielo!
-¿Es por mí?
- ¡Por favor, cállate y duérmete! -la mujer se giró para chillar mejor a la pequeña- ¡Deja a mamá conducir!
En ese momento se escuchó un estruendo y el coche se detuvo en seco. La mujer le pegó un tirón del cinturón de seguridad y a la pequeña... bueno, ella estaba tumbada en los asientos traseros sin cinturón y acababa de incorporarse al ser despertada cuando su madre atropelló a aquel joven. Ella voló entre los asientos delanteros. Cuando su madre separó la cabeza del airbag vio una pequeña muñeca inerte incrustada en la luna del coche. Aterrorizada y con la angustia más grande que nadie pueda imaginar, la mujer preguntó con un hilito de voz.
- ¿Susi? Susi cariño...
La pequeña niña movió débilmente su bracito y sus deditos sin contestar. Su madre no estaba segura de si la oía o había sido un acto reflejo, los últimos impulsos nerviosos del cerebro que acababa de estamparse contra el cristal del coche. El suave cabello rubio de la niñita se tornaba ahora caoba. La sangre manaba bajo su cuerpecito retorcido, con la cabeza arqueada y la espalda rota. No, definitivamente no la había oído, y mejor que hubiera sido así. Ya no quedaba consciencia ni vida en aquel cuerpecito blando. La madre reía, reía a carcajadas, completamente enloquecida. ¿A cuántas personas o cosas había matado en cuestión de minutos? Desde que se desvió de la autopista se ha llevado tantas vidas por delante, algunas en defensa propia... pero ¿y su hijita? Reía y lloraba. Bajó del vehículo en medio de la oscuridad y vió que había chocado con otro coche en cuyo interior se hallaba un cadáver ensangrentado de un hombre con la puerta del conductor abierta. Lloraba y reía, y gritaba histérica mientras miraba entre el humo del abollado capó el cuerpo de la pequeña inmóvil sobre el salpicadero y la sangre y sustancia gris goteando. El humo salía, salía y salía. El depósito se había roto y un reguero de combustible escurría por la arena bajo el coche. La mujer se percató y, riendo con el rímel corriendo por sus mejillas, tomó el bolso del asiento del suelo en el asiento del copiloto. Al hacerlo, movió el cuerpo de la niña que cayó hacia atrás al resbalar y dejando un rastro de sangre y sesos que brillaban relucientes bajo la luz del interior del vehículo. La mujer reía y lloraba mientras encendía un cigarro en el asiento del conductor y daba una calada. Bajó la mano izquierda con el cigarrillo en la misma y lo soltó, cayendo justo en el reguero del combustible. No hace falta explicar qué pasó después.

El joven agonizante casi había perdido el conocimiento cuando le sobresaltó una llamarada inmensa y un rugido que resonó estruendosamente por todo el bosque. Una gran bola de fuego se alzó en el aire por encima de los árboles y el humo negro y tóxico comenzó a formar una columna hacia las estrellas cuando el fuego disminuyó. Había sido una explosión. La oleada de muerte irracional no cesaba y él iba a acabar pronto muerto también si no conseguía ayuda pronto. El frío era intenso y empeoraba el dolor de las heridas. Al menos la sangre era cálida. Había un gusto enfermizo en tocar la sangre que, al menos, le hacía más soportable la helada. Le castañeaban los dientes y le dolía a horrores las piernas. Con cada tiritón se movía la herida y el dolor volvía más intenso y punzante, lo cual le producía estremecimientos que creaban más dolor y así... era un círculo vicioso. Lo mejor era aguantar el dolor lo mejor que podía y mantenerse lo más quieto posible. Pero aquello era una tortura, era imposible permanecer quieto, era imposible ignorar las heridas, era imposible calmarse... creía que iba a desfallecer de un momento a otro. El calor lo sentía también por los muslos y cintura, pero el líquido que lo impregnaba no era sangre, si no orín. No había podido evitar que se le escapase. Al menos, aunque repugnante, daba calor. Las estrellas brillaban con gran intensidad en la negra noche, la luna iluminaba con su luz plateada los alrededores y la blancura del terreno se llenaba de miles de puntitos brillantes de hielo y escarcha. Y como el hielo, el líquido del que estaba bañado el muchacho también se empezó a congelar en su cuerpo. Poco a poco, su consciencia y tormento se fue desvaneciendo.

- ¡Miki! Mira -exclamó la chica desde su dormitorio-. ¡Mira, ha pasado algo!
Miguel se exasperó. Se había encerrado en su cuarto para que nadie le molestara mientras escribía y ahora le interrumpía. Su hermana había estado escuchando constantes ráfagas de traqueteo al escribir él sobre el teclado, un momento de silencio en el que buscaba el veneno adecuado para sus palabras y volvía con una nueva ráfaga de tecleo como si fuera una ametralladora que disparase toda la hiel y el veneno de su odio sobre el papel.
-¡Miki!
- ¡Cállate, joder, no me interrumpas!
Su hermano se aproximó hasta el escritorio y pudo distinguir, calle abajo, a un par de kilómetros al sureste una torre negra que ondeaba según ascendía.
- Parece humo –dijo el chico más calmado.
- Ha habido una especie de explosión, o eso me ha parecido, y enseguida he visto el humo. ¿No deberíamos llamar a alguien?
- Sí, es posible, puede que haya habido un accidente.
- Miki, ¿por qué no nos acercamos en coche? Aunque sea para mirar.
- ¿Estás loca?
- Por favor, tengo un mal presentimiento, creo que ha pasado algo.
- Por allí no hay nada y si había alguien... bueno, ya no podemos hacer nada si es cierto lo que has dicho.
- Miki, por favor...
Él la miró seriamente, y la cara de la chica le suplicaba tratar de averiguar qué había pasado. A él no le hacía ni pizca de gracia, pero al final cedió. Como siempre.
- Está bien, me acercaré yo, pero no podré ser de ayuda haya pasado lo que sea que haya pasado. Pero si con eso te quedas más tranquila, iré.
- Gracias.
- Tú avisa a los municipales o los bomberos o a quien quieras.

La crisis había empezado horas antes, pero ellos, aislados por completo del mundo, no se habían enterado de absolutamente de nada. No sabían los asesinatos en cadena de manera masiva que se estaban cometiendo. Del caos y el pánico que estaba reinando por campos y ciudades. Había sido en un pis pas. Por la mañana era todo normal, y al caer la noche parecía haber llegado el Apocalipsis. Todo el mundo parecía haberse vuelto completamente loco ahí afuera. Y ellos, inocentes y sin conocimiento, decidieron coger el coche en mitad de la noche para adentrarse al horror y el caos. El humo estaba más lejos de lo que Miguel pensaba en un primer momento. Se adentraba en la oscuridad del bosque y no veía nada más que árboles muertos y retorcidos por todos los lados. Detuvo el coche momentáneamente y él bajó la ventanilla. A lo lejos podía oírse gran jaleo. No eran gritos, no eran un murmullo, ni lamentos ni quejidos. No era nada de eso y lo era todo a la vez. Eran muchas almas, personas emitiendo sonidos mezclados con gruñidos o sonidos de animales. No estaban seguros de lo que se oía en la lejanía, pero era un sonido que le heló la sangre en las venas y le puso los pelos como escarpias. ¿Y qué expresaban? ¿Dolor, ira, rabia, angustia, lamentaciones, tristeza, llantos, alegría...?
- ¡Santo Dios! -exclamó-.

Permaneció un momento en silencio, escuchando aquellos gritos desgarradores, como un coro fantasmal de almas en pena aullando en la noche, en mitad de la nada en el gélido bosque. Y ese olor. Ese olor terrible a medio camino entre lo podrido y la carne asada que flotaba en el aire y llegaba hasta él junto con el jolgorio infernal. Aquel terror le paralizó por completo, no sabía qué pasaba, y quizás no quisiera saberlo. Era una situación demasiado inusual y siniestra como para querer conocer la verdad. Una explosión en medio de la nada y gritos nocturnos de una muchedumbre enloquecida cuando se suponía que no debería haber absolutamente nadie. ¿Qué debía hacer? ¿Avanzar? ¿Dar media vuelta? ¿Qué? ¡Qué terrorífica idea, él, solo, en medio de la nada y ese clamor lejano! Se supone que no debería haber nadie ¿de dónde habían salido tanta gente? Avanzó un poco más con el coche, despacio, y fue mirando a través de la oscuridad. Ahora, con la ventanilla bajada, podía oir claramente el jaleo y vió tras unos árboles la torre de humo que se extendía hacia el cielo. Avanzó un poco más y, en un claro, sobre la cuneta de una vieja carretera agrietada, yacía los restos de un coche ardiendo y trozos de cuerpos desperdigados. Mucha sangre y tiznado. Gente, enloquecida, como en un extraño ritual satánico, devoraba los cuerpos calcinados. Brazos, piernas, cabezas, órganos, tuétano… todo, absolutamente todo les servía de alimento. Uno de ellos, el hombre delgado y enlutado, alzó la mirada y se quedó mirando al coche y a su ocupante mientras masticaba un trozo de carne. Miguel pisó a tope el acelerador y se marchó.


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