El frío comenzaba a arropar el
bosque. El sol se ocultaba mientras teñía de rojo sangre las nubes. Parecía que
el cielo se hubiera incendiado con las llamas del infierno. El silencio era
sepulcral. Y el frío aumentaba. La noche caía, y la ropa pegajosa por el sudor,
la sangre y el vómito comenzaba a emitir un olor agrio y desagradable. Y el
joven seguía tan perdido como antes. Deambulando sin fuerzas por el bosque, sin
rumbo ni dirección. Sin saber cómo llegó hasta allí, perdido en la nada con un
loco asesino suelto que le buscaba y que, con total probabilidad, se conociera
aquellos parajes mejor que él. Y el cuerpo del coche, esa asquerosa imagen que
no se le borrará de la cabeza. Era increíble como la carne humana no se
distinguía de la carne que se compra en los supermercados. Después de aquella
visión, si sobrevivía a todo aquello, se haría vegetariano. Sólo el recordarlo
le hacía sentir náuseas de nuevo. La violencia de las mutilaciones, la carne
desperdigada, la desfiguración total del rostro y los trozos que faltaban. Dios
sabe qué hicieron con lo que faltaba. El llanto comenzó al recordarlo. A lo
lejos escuchó entonces un motor. Un sonido de vehículo que se acercaba. ¿Sería
el asesino que haya tirado el cuerpo y tomado el coche? El automóvil, a gran velocidad,
se fue acercando cada vez más y más. Él no sabía qué hacer. Pararlo y pedir
ayuda o huir. Decidió esconderse. Finalmente, el vehículo hizo su aparición al
final del camino y se aproximaba a gran velocidad, casi que derrapando al tomar
la curva sobre la grava y arena del camino. El chico vió que no era el mismo
coche que el que había visto atrás y además este provenía de dirección
contraria a la que había dejado el otro. Tambaleante, salió de su escondite y
alzó los brazos para llamar su atención. Sus piernas le flaqueaban y se movía
casi perdiendo el equilibrio, como un borracho. Su debilidad y extenuación hizo
que le costara levantar los brazos incluso. Los faros iluminaron sus
temblorosas piernas y sus ropas mugrientas de sangre y vómito. El muchacho se
puso en mitad del camino pero el coche no aminoró. De hecho, pareció acelerar.
Trató de esquivarlo saltando a un lado pero ya era demasiado tarde y fue
lanzado por encima del capó y el techo del coche. Con un gran crujido, cayó con
fuerza sobre la tierra y, quedando a oscuras y solo con un terrible dolor,
aulló hasta casi destrozarse las cuerdas vocales. La angustia era insoportable.
Sus piernas le ardían, un dolor punzante le subía por la columna. Al retorcerse
de dolor, éste se intensificó. A pesar del frío, comenzó a sudar copiosamente y
tanteó en la oscuridad sus piernas. Se clavó algo en los dedos al tiempo que el
dolor le dio otra punzada. Iba a vomitar de nuevo y a desmayarse. El sudor le
empapaba. El hueso de la pierna había pinchado el dedo del joven al estar
completamente partida en dos y sólo unida por la piel. El hueso, al partirse,
se abrió paso entre los músculos y tejidos con su filo hasta salir por la piel.
La mujer, casi en estado de
histeria, lloraba desconsolada mientras sujetaba el volante y pisaba el
acelerador. Por un momento parecía reír entre sus lágrimas, pero enseguida sus
carcajadas se transformaban gritos de angustia y terror. La niña se despertó
asustada en el asiento de atrás.
- Mami, ¿Qué ha sido ese ruido?
- Nada, cariño, nada -trató de
disimular su estado-. Vuelve a dormirte, cariño.
- ¿Qué te pasa, mami?
- Nada. Todo está bien, todo está
bien.
- ¿Qué te pasa?
- ¡Nada!
- ¿Por qué estás llorando, mami?
- ¡No pasa nada, cielo!
-¿Es por mí?
- ¡Por favor, cállate y duérmete!
-la mujer se giró para chillar mejor a la pequeña- ¡Deja a mamá conducir!
En ese momento se escuchó un
estruendo y el coche se detuvo en seco. La mujer le pegó un tirón del cinturón
de seguridad y a la pequeña... bueno, ella estaba tumbada en los asientos
traseros sin cinturón y acababa de incorporarse al ser despertada cuando su
madre atropelló a aquel joven. Ella voló entre los asientos delanteros. Cuando
su madre separó la cabeza del airbag vio una pequeña muñeca inerte incrustada
en la luna del coche. Aterrorizada y con la angustia más grande que nadie pueda
imaginar, la mujer preguntó con un hilito de voz.
- ¿Susi? Susi cariño...
La pequeña niña movió débilmente
su bracito y sus deditos sin contestar. Su madre no estaba segura de si la oía
o había sido un acto reflejo, los últimos impulsos nerviosos del cerebro que
acababa de estamparse contra el cristal del coche. El suave cabello rubio de la
niñita se tornaba ahora caoba. La sangre manaba bajo su cuerpecito retorcido,
con la cabeza arqueada y la espalda rota. No, definitivamente no la había oído,
y mejor que hubiera sido así. Ya no quedaba consciencia ni vida en aquel
cuerpecito blando. La madre reía, reía a carcajadas, completamente enloquecida.
¿A cuántas personas o cosas había matado en cuestión de minutos? Desde que se
desvió de la autopista se ha llevado tantas vidas por delante, algunas en
defensa propia... pero ¿y su hijita? Reía y lloraba. Bajó del vehículo en medio
de la oscuridad y vió que había chocado con otro coche en cuyo interior se hallaba
un cadáver ensangrentado de un hombre con la puerta del conductor abierta.
Lloraba y reía, y gritaba histérica mientras miraba entre el humo del abollado
capó el cuerpo de la pequeña inmóvil sobre el salpicadero y la sangre y
sustancia gris goteando. El humo salía, salía y salía. El depósito se había
roto y un reguero de combustible escurría por la arena bajo el coche. La mujer
se percató y, riendo con el rímel corriendo por sus mejillas, tomó el bolso del
asiento del suelo en el asiento del copiloto. Al hacerlo, movió el cuerpo de la
niña que cayó hacia atrás al resbalar y dejando un rastro de sangre y sesos que
brillaban relucientes bajo la luz del interior del vehículo. La mujer reía y
lloraba mientras encendía un cigarro en el asiento del conductor y daba una
calada. Bajó la mano izquierda con el cigarrillo en la misma y lo soltó,
cayendo justo en el reguero del combustible. No hace falta explicar qué pasó
después.
El joven agonizante casi había
perdido el conocimiento cuando le sobresaltó una llamarada inmensa y un rugido
que resonó estruendosamente por todo el bosque. Una gran bola de fuego se alzó
en el aire por encima de los árboles y el humo negro y tóxico comenzó a formar
una columna hacia las estrellas cuando el fuego disminuyó. Había sido una explosión.
La oleada de muerte irracional no cesaba y él iba a acabar pronto muerto
también si no conseguía ayuda pronto. El frío era intenso y empeoraba el dolor
de las heridas. Al menos la sangre era cálida. Había un gusto enfermizo en
tocar la sangre que, al menos, le hacía más soportable la helada. Le
castañeaban los dientes y le dolía a horrores las piernas. Con cada tiritón se
movía la herida y el dolor volvía más intenso y punzante, lo cual le producía
estremecimientos que creaban más dolor y así... era un círculo vicioso. Lo
mejor era aguantar el dolor lo mejor que podía y mantenerse lo más quieto
posible. Pero aquello era una tortura, era imposible permanecer quieto, era
imposible ignorar las heridas, era imposible calmarse... creía que iba a desfallecer
de un momento a otro. El calor lo sentía también por los muslos y cintura, pero
el líquido que lo impregnaba no era sangre, si no orín. No había podido evitar
que se le escapase. Al menos, aunque repugnante, daba calor. Las estrellas
brillaban con gran intensidad en la negra noche, la luna iluminaba con su luz
plateada los alrededores y la blancura del terreno se llenaba de miles de
puntitos brillantes de hielo y escarcha. Y como el hielo, el líquido del que
estaba bañado el muchacho también se empezó a congelar en su cuerpo. Poco a
poco, su consciencia y tormento se fue desvaneciendo.
- ¡Miki! Mira -exclamó la chica
desde su dormitorio-. ¡Mira, ha pasado algo!
Miguel se exasperó. Se había
encerrado en su cuarto para que nadie le molestara mientras escribía y ahora le
interrumpía. Su hermana había estado escuchando constantes ráfagas de traqueteo
al escribir él sobre el teclado, un momento de silencio en el que buscaba el
veneno adecuado para sus palabras y volvía con una nueva ráfaga de tecleo como
si fuera una ametralladora que disparase toda la hiel y el veneno de su odio
sobre el papel.
-¡Miki!
- ¡Cállate, joder, no me
interrumpas!
Su hermano se aproximó hasta el
escritorio y pudo distinguir, calle abajo, a un par de kilómetros al sureste
una torre negra que ondeaba según ascendía.
- Parece humo –dijo el chico más
calmado.
- Ha habido una especie de
explosión, o eso me ha parecido, y enseguida he visto el humo. ¿No deberíamos
llamar a alguien?
- Sí, es posible, puede que haya
habido un accidente.
- Miki, ¿por qué no nos acercamos
en coche? Aunque sea para mirar.
- ¿Estás loca?
- Por favor, tengo un mal
presentimiento, creo que ha pasado algo.
- Por allí no hay nada y si había
alguien... bueno, ya no podemos hacer nada si es cierto lo que has dicho.
- Miki, por favor...
Él la miró seriamente, y la cara
de la chica le suplicaba tratar de averiguar qué había pasado. A él no le hacía
ni pizca de gracia, pero al final cedió. Como siempre.
- Está bien, me acercaré yo, pero
no podré ser de ayuda haya pasado lo que sea que haya pasado. Pero si con eso
te quedas más tranquila, iré.
- Gracias.
- Tú avisa a los municipales o
los bomberos o a quien quieras.
La crisis había empezado horas
antes, pero ellos, aislados por completo del mundo, no se habían enterado de
absolutamente de nada. No sabían los asesinatos en cadena de manera masiva que
se estaban cometiendo. Del caos y el pánico que estaba reinando por campos y
ciudades. Había sido en un pis pas. Por la mañana era todo normal, y al caer la
noche parecía haber llegado el Apocalipsis. Todo el mundo parecía haberse
vuelto completamente loco ahí afuera. Y ellos, inocentes y sin conocimiento,
decidieron coger el coche en mitad de la noche para adentrarse al horror y el
caos. El humo estaba más lejos de lo que Miguel pensaba en un primer momento.
Se adentraba en la oscuridad del bosque y no veía nada más que árboles muertos
y retorcidos por todos los lados. Detuvo el coche momentáneamente y él bajó la
ventanilla. A lo lejos podía oírse gran jaleo. No eran gritos, no eran un
murmullo, ni lamentos ni quejidos. No era nada de eso y lo era todo a la vez.
Eran muchas almas, personas emitiendo sonidos mezclados con gruñidos o sonidos
de animales. No estaban seguros de lo que se oía en la lejanía, pero era un
sonido que le heló la sangre en las venas y le puso los pelos como escarpias.
¿Y qué expresaban? ¿Dolor, ira, rabia, angustia, lamentaciones, tristeza,
llantos, alegría...?
- ¡Santo Dios! -exclamó-.
Permaneció un momento en
silencio, escuchando aquellos gritos desgarradores, como un coro fantasmal de
almas en pena aullando en la noche, en mitad de la nada en el gélido bosque. Y
ese olor. Ese olor terrible a medio camino entre lo podrido y la carne asada
que flotaba en el aire y llegaba hasta él junto con el jolgorio infernal. Aquel
terror le paralizó por completo, no sabía qué pasaba, y quizás no quisiera
saberlo. Era una situación demasiado inusual y siniestra como para querer
conocer la verdad. Una explosión en medio de la nada y gritos nocturnos de una
muchedumbre enloquecida cuando se suponía que no debería haber absolutamente
nadie. ¿Qué debía hacer? ¿Avanzar? ¿Dar media vuelta? ¿Qué? ¡Qué terrorífica
idea, él, solo, en medio de la nada y ese clamor lejano! Se supone que no
debería haber nadie ¿de dónde habían salido tanta gente? Avanzó un poco más con
el coche, despacio, y fue mirando a través de la oscuridad. Ahora, con la
ventanilla bajada, podía oir claramente el jaleo y vió tras unos árboles la
torre de humo que se extendía hacia el cielo. Avanzó un poco más y, en un
claro, sobre la cuneta de una vieja carretera agrietada, yacía los restos de un
coche ardiendo y trozos de cuerpos desperdigados. Mucha sangre y tiznado.
Gente, enloquecida, como en un extraño ritual satánico, devoraba los cuerpos
calcinados. Brazos, piernas, cabezas, órganos, tuétano… todo, absolutamente
todo les servía de alimento. Uno de ellos, el hombre delgado y enlutado, alzó
la mirada y se quedó mirando al coche y a su ocupante mientras masticaba un
trozo de carne. Miguel pisó a tope el acelerador y se marchó.
La novela se puede adquirir en: http://www.librosmablaz.com/index.php?page=prod_desc&pid=99365
También podéis poneros en contacto conmigo directamente a través de mi Twitter: https://twitter.com/PuYouTu
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